De entre los asuntos cotidianos: la familia. Y se sabe que con ella llegan los buenos días, los días grises y también de otros colores.
Los días buenos se adoban con sentidos prefigurados: todo está bien en el trabajo. Todo está bien en la escuela. Todo está bien en la calle. Todo está bien en la casa. Y así la vida va. Sin sobresaltos. Y sin sinsabores. Aunque allá afuera, es decir en el mundo de las familias habitantes de otras geografías, inmediatas o no tanto, la vida camine o se arrastre entre vidrios cortantes y campos minados.
Pero los hay grises. Aquellos que parecen que apenas serán llovizna o nube pasajera. Y confiados de que el día irá con unos pocos baches, nos ataca de repente una negritud que nos impele a devolver en arcadas los días buenos que la familia trajo consigo a su llegada. Negra negritud que suscita la memoria ingrata para recordar que, para no sufrir de espantos, alguna vez deseamos una familia suma cero o apenas saberla gentilicia de lugares que distan de uno lo que dista un cuento o la mención de un nombre al otro lado del mundo.
A fuer de ser sinceros, hay días también que se visten de colores varios: de blanca ingenuidad o de ingenua blanquitud, según como se vea, de azulbrisa pasajera, de verde cauteloso con ataques de quietismo, de lúgubre amarillo para ponernos tristes, de naranja oscura para desconfiar de ellos y en ocasiones al descubrirlos en mendaz pose, si no nos ponemos fieros, nos agreden. Hay días rojos que disparan señales de peligro y los hay verdes macilentos que nos ponen en discordia con la vida. Y estos son, hay que decirlo, tan peligrosos como las tramas del pentágono o un encuentro con medusas australianas (con la salvedad de que estas, a diferencia de aquel, no matan o destruyen intencionadamente).
Así pueden ser los días en familia. Algunos dicen que es el modo en que nos entretiene la vida. Otros, que la vida no tiene nada que ver con la vida sino con la muerte que es ella misma al otro lado del espejo. Y entre caribdis y escila, la familia va pintándonos de diversos colores nuestros días y de paso dejándolos a estos, con sus vestimentas hechas jirones para que no tengamos modo de saber a qué atenernos.
Los días buenos se adoban con sentidos prefigurados: todo está bien en el trabajo. Todo está bien en la escuela. Todo está bien en la calle. Todo está bien en la casa. Y así la vida va. Sin sobresaltos. Y sin sinsabores. Aunque allá afuera, es decir en el mundo de las familias habitantes de otras geografías, inmediatas o no tanto, la vida camine o se arrastre entre vidrios cortantes y campos minados.
Pero los hay grises. Aquellos que parecen que apenas serán llovizna o nube pasajera. Y confiados de que el día irá con unos pocos baches, nos ataca de repente una negritud que nos impele a devolver en arcadas los días buenos que la familia trajo consigo a su llegada. Negra negritud que suscita la memoria ingrata para recordar que, para no sufrir de espantos, alguna vez deseamos una familia suma cero o apenas saberla gentilicia de lugares que distan de uno lo que dista un cuento o la mención de un nombre al otro lado del mundo.
A fuer de ser sinceros, hay días también que se visten de colores varios: de blanca ingenuidad o de ingenua blanquitud, según como se vea, de azulbrisa pasajera, de verde cauteloso con ataques de quietismo, de lúgubre amarillo para ponernos tristes, de naranja oscura para desconfiar de ellos y en ocasiones al descubrirlos en mendaz pose, si no nos ponemos fieros, nos agreden. Hay días rojos que disparan señales de peligro y los hay verdes macilentos que nos ponen en discordia con la vida. Y estos son, hay que decirlo, tan peligrosos como las tramas del pentágono o un encuentro con medusas australianas (con la salvedad de que estas, a diferencia de aquel, no matan o destruyen intencionadamente).
Así pueden ser los días en familia. Algunos dicen que es el modo en que nos entretiene la vida. Otros, que la vida no tiene nada que ver con la vida sino con la muerte que es ella misma al otro lado del espejo. Y entre caribdis y escila, la familia va pintándonos de diversos colores nuestros días y de paso dejándolos a estos, con sus vestimentas hechas jirones para que no tengamos modo de saber a qué atenernos.
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