A veces pienso que el contar los días, como pasa generalmente con los inventos humanos, sólo tiene que ver con la necesidad de justificar sentidos a la vida. Aun cuando con saciedad se ha dicho que esta no tiene sentido alguno.
Es cierto que el tiempo existe. Se siente en los huesos y en la carne y no necesita saber contar uno para darse cuenta. Simple. Pero ahí vamos, inventando calendarios y desde luego, adosándole al tiempo destrezas gimnásticas para que salte a la cuerda a nuestro ritmo.
Pero el tiempo transcurre, fluye, se desliza, desplaza, repta, trota, vuela, nada, ayudado por el movimiento de las cosas y ahijado por el benevolente espacio que por tener vástagos de diversa índole (forma, alcurnia, modo, consistencia, masa, peso y consideración, como son y deben ser siempre las cosas), apenas quiere cuidar al tiempo siempre errante, inasible, incompresible. Aún a sabiendas que a diferencia del hijo pródigo de la parábola, este nunca ha de regresar.
Y vamos pretendiendo fijar, como instantáneas fotográficas, ese movimiento de las cosas. Y como el tiempo, dicen los físicos modernos, es relativo al observador, siempre será vano que la escala fijada por el calendario, sea la misma que la de uno. O al menos que la mía.
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