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A quienes te digan, diles

A quienes te digan que el dolor pasa
que la suerte es
que la luna sale
que el silencio otorga
que el despertar se asoma
que la noche es larga
que el azul da paz
que el recuerdo queda
que la sal es buena
que el calor sofoca
que la espera es dulce
que el adiós es sano
que el regreso es ansias
que el amor es sabio
que te mires dentro
y que yo quien sabe
que te mire siempre.
Diles que si o diles que no
o a lo mejor...
que el dolor se queda
que la suerte debe
que la luna entra
que el silencio niega
que el despertar se esconde
que la noche es fuga
que el azul da grima
que el recuerdo es tránsfuga
que la sal es mala
que el calor aquieta
que la espera es agria
que el adiós enferma
que el regreso es fiesta
que el amor es lego
que me miras dentro
y que de mi ya sabes
que te miro siempre.

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Otro año?

A veces pienso que el contar los días, como pasa generalmente con los inventos humanos, sólo tiene que ver con la necesidad de justificar sentidos a la vida. Aun cuando con saciedad se ha dicho que esta no tiene sentido alguno. Es cierto que el tiempo existe. Se siente en los huesos y en la carne y no necesita saber contar uno para darse cuenta. Simple. Pero ahí vamos, inventando calendarios y desde luego, adosándole al tiempo destrezas gimnásticas para que salte a la cuerda a nuestro ritmo. Pero el tiempo transcurre, fluye, se desliza, desplaza, repta, trota, vuela, nada, ayudado por el movimiento de las cosas y ahijado por el benevolente espacio que por tener vástagos de diversa índole (forma, alcurnia, modo, consistencia, masa, peso y consideración, como son y deben ser siempre las cosas), apenas quiere cuidar al tiempo siempre errante, inasible, incompresible. Aún a sabiendas que a diferencia del hijo pródigo de la parábola, este nunca ha de regresar. Y vamos pretendiendo fijar...

Frente al balance, mañana

Y cuando se haga el entusiasta recuento  de nuestro tiempo, por los que todavía no han nacido, pero que se anuncian con un rostro más bondadoso, saldremos gananciosos los que más hemos sufrido de él. Y es que adelantarse uno a su tiempo es sufrir mucho de él. Pero es bello amar al mundo con los ojos  de los que no han nacido                                         todavía. Y espléndido, saberse ya un victorioso, cuando todo en torno a uno es aún tan frío y tan oscuro. Otto René Castillo (Guatemala, 1936 - 1967)

Señales de humo

t u mirada de viaje o de desiertos se vuelve un manantial indescifrable y el silencio / tu miedo más valiente / se va con los delfines de la noche o con los pajaritos de la aurora / de todo quedan huellas / pistas / trazas muescas / indicios / signos / apariencias pero no te preocupes / todo es nada son señales de humo / apenas eso Mario Benedetti Señales de humo   (fragmento)